Un regalo de papa Francisco: Todos hermanos y hermanas

El papa Francisco nos regala una nueva carta encíclica (03-10-2020) intitulada: Fratelli tutti (Todos hermanos y hermanas), una frase tomada de san Francisco de Asís, para comunicarnos un mensaje, un sueño ineludible, que versa «sobre la fraternidad y la amistad social». Como sabemos, firmada en la ciudad y el convento franciscano de Asís. Lugar de la memoria viviente del evangelio sembrado por el pequeño hermano Francisco. Con una Introducción, ocho capítulos y sus 287 numerales, el papa nos ofrece un mensaje que es sueño y camino, porque es anhelo ferviente de un camino que se ha de recorrer como fidelidad al evangelio de la vida y a la vida hecha evangelio.

Resulta interesante en esta su nueva encíclica social, que ante todo sea de carácter social, una apuesta constante en su magisterio, y luego que pretenda ser un mensaje abierto a todo el mundo, humanamente universal e interreligioso. Es interesante que su motivación e inspiración fundamental, a parte de su perspectiva creyente cristiana, sea el encuentro con el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb; así como también otros tantos humanos de valor universal (cf. FR, n. 286). Huellas y señales que nos va ofreciendo este papa, para una fe que se despliega por caminos de diálogo, abierto y sincero, buscando respuestas alternativas a un mundo que clama por la efectividad de un amor que no sea solo proclamado sino realizado.

Parecería que el papa quisiera incentivar una apuesta por vencer cerrazones y ganar en aperturas, esta es una imagen fuerte a lo largo de esta carta, como lo es ciertamente todo su esfuerzo pastoral, según vamos viendo desde el mismo día de su aparición en el balcón de san Pedro cuando fue elegido obispo de Roma. Se nos ofrece una invitación al respeto por lo local, por las particularidades, pero abierto a lo universal, cuidando periferias y superando fronteras. Esa parece ser la dinámica de este sueño y de este nuevo caminar como humanidad. Sueño de Jesús y de tantos seres humanos de buena voluntad a lo largo de nuestra historia. El paradigma evangélico de base es el del buen samaritano, aquí el papa vuelve sobre uno de sus pasos claves, como ciertamente lo ha sido el del querido san Pablo VI y del Vaticano II. Todos apostando por un «deseo mundial de hermandad», para que las personas y sus diversas culturas y configuraciones sociales sean una apuesta localizada y globalizada de vínculos recíprocos de amistad.

Para una primera lectura, siguiendo la estructuración de la carta, quizás podemos afrontar los tres primeros capítulos como un marco situacional y motivacionaldonde se nos ofrecen miradas y claves para pasar de la cerrazón a la apertura: Cap. I: «Las sombras de un mundo cerrado» (9-55); Cap. II: «Un extraño en el camino» (56-86: Paradigma samaritano); Cap. III: Pensar y gestar un mundo abierto» (87-127). Se pasa podríamos decir de lo cerrado a lo abierto, en y desde una cambio paradigmático según la lógica samaritana («Tienes que ir y hacer lo mismo» Lc 10,25-37). Hay, según el papa, muchos sueños personales y sociales postergados o insuficientemente concretados, son clamores urgentes, reclamos impostergables. Solo un cambio de paradigma integral podría despuntar nuevas y reales esperanzas. Se trataría de apostar por la fraternidad/sororidad como clave angular entre la libertad y la igualdad, lo cual llevaría desde el punto de vista moral-social a una centralidad operativa de la solidaridad.

La bisagra estaría en el Cap. IV: «Un corazón abierto al mundo entero» (128-153), porque es donde se afirma «que todos los seres humanos somos hermanos y hermanas, si no es solo una abstracción, sino que toma carne y se vuelve concreta, nos plantea una serie de retos que nos descolocan, nos obligan a asumir nuevas perspectivas y a desarrollar nuevas reacciones» (FT, n. 128) y se ofrecen las claves para la dinamicidad de este cambio fundamental que sugiere el papa de la cerrazón a la apertura, para lo cual son necesarias las ofrendas recíprocas, los fecundos intercambios donde se combine el sabor local y el horizonte universal.

Desde aquí, se pasa a la parte que podríamos llamar propiamente de moral social, con los siguientes tres capítulos: Cap. V: «La mejor política» (154-197); Cap. VI: «Diálogo y amistad social» (198-224); Cap. VII: «Caminos de reencuentro» (225-270). Se asumen y afrontan aquí variados temas de moral social, siguiendo la enseñanza común de la Iglesia, pero aportando insistencias no poco proféticas a la hora de indicar caminos de cambios y de posibles transformaciones, atenderlos es urgente, según el papa, además de verificar la fidelidad al evangelio; para lo cual se detiene en señalar la necesidad de cultivar actitudes personales y cambios estructurales significativos. Todo ello lleva a reconocer que en nuestro mundo «hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas, se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia» (FT, n. 225). El papá, siguiendo su estilo, propone un amor efectivo que sea capaz de activar procesos de transformación que recomiencen desde los últimos, desde los excluidos, esto es clave en su magisterio social. En este sentido, una de las tantas perlas es el llamado y la advertencia a romper y superar todo tipo de violencia.

Finalmente, a modo de corolario síntesis e inclusivo, se nos ofrece el Cap. VIII: «La religiones al servicio de la fraternidad en el mundo» (271-287), se hace un reconocimiento y un llamado a la necesidad de la libertad religiosa, al diálogo interreligioso, y a la apuesta común por enfrentar y superar la violencia y los distintos extremismos.

Así las cosas, queda hecha la propuesta, la voz de un apelo y de una invitación a un camino común, por tanto, nos dice el papa Francisco: «Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos» (FT, n. 8).

Padre Antonio Gerardo Fidalgo, CSsR